lunes, 26 de septiembre de 2011

EL ÁLBUM DE FOTOS

   La fotografía digital no lleva tanto tiempo con nosotros como para que se hayan perdido o dejado de contemplar,  ahora más espaciadamente,  esos álbumes de fotos,  así llamados,  que guardamos en algún lugar,  cada vez de menor relevancia,  en nuestra casa.  Ahora la foto nos muestra instantáneamente la nariz que heredamos del tío Alberto,  el narigón,  y no hay lugar a especulaciones:  sale enorme,  como es.  Antes,  al menos,  estábamos unos días en la esperanza de salir mejor,   mientras nos revelaban el carrete:
-Brillo o mate -,  nos preguntaban.
   La nariz salía igual de grande en cualquiera de las dos versiones.  Vamos,  que salía tal cual era.  Los carretes,  incorruptibles,  bien de 12,  24 o 36 exposiciones,  nos recordaban siempre evitar situarnos de perfil en los posados.
   Las fotos se guardaban también en cajas,  de madera,  metálicas o del Cola Cao,  que las hacía así en una época en que los niños nos desayunábamos siempre con dicho producto,  publicitado con el célebre " yo soy aquél negrito del África tropical que...."
   De entre aquellas fotos que conservo,  me he parado recientemente en una del colegio: estábamos todo el curso,  no recuerdo cual,  éramos muy niños,  con nuestra corbatita elástica,  pantalón corto,  gesto travieso,  inocentes...
   A algunos,  pocos,  aún los veo;  qué mayor me hace mirarlos.    Son fotos en blanco y negro,  los colores vinieron después;  no eran tiempos de demasiadas luces,  pero nosotros aún no lo sabíamos.

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