martes, 27 de septiembre de 2011

LA BOLSA O LA VIDA

   Se llama Rastani el agente de bolsa que ha organizado un considerable escándalo en el mundo económico al decirnos lo que ya sospechábamos y nadie se había atrevido a destapar:  el mundo lo gobierna Goldman Sachs,  una especie de banco de inversiones con larguísimos tentáculos que llegan a todas partes.  Usted y yo creíamos que la culpa de todo la tiene Zapatero y resulta que una entidad que ni conocíamos,  él seguramente tampoco,  es la que nos trae locos a todos.
   Olvídese de cuanto sabe de Bolsa,  de Ibex nosecuantos,  de oferentes o demandantes de capital,  de intermediarios,  de rentas fijas o variables,  de bonos,  valores nominales o de cotización,  plusvalías,  índices,  etc.
   Ahora que habíamos descubierto que el PER es algo así como Price Earning Ratio y no un título para llevar a los amigos a pescar en el bote los sábados,  este Rastani nos advierte sin perder la sonrisa de que vamos a pasarlas crudas y que nuestros ahorros en el banco tienen un negro futuro.  Vamos,  que el porvenir va a ser peor que el por llegar y solo nos queda resignarnos.
   El individuo en cuestión nos viene a decir que se lo está pasando bomba con todo esto,  ganando mucho dinero,  por lo que espera que la recesión se establezca cuanto antes.  Siguiendo la conocida máxima bursátil de que el útimo duro se lo lleve otro,  anima a los especuladores a culminar pronto la retirada de beneficios.  Ya tendrán ocasión de mangonearnos más si podemos recuperarnos.
   Lo peor de todo esto,  dejando a un lado la desfachatez del mencionado agente,  es que tiene razón en casi todo lo que afirma.  A fín de cuentas,  la Bolsa no es sino algo donde meter cosas;  cuando está suficientemente llena,  alguien la cierra y se la lleva.
   Afortunadamente,  los gobiernos tienen resortes para hacer frente a estas situaciones y ya nos han retrasado la jubilación y congelado las pensiones.  Ahora,  los señores empresarios proponen bajar los sueldos a los que tienen trabajo;  a quienes no lo tienen se lo irán bajando quienes votamos con la esperanza de que lo mantengan.  El apetito de los especuladores es insaciable:  los ricos le llaman así a las ganas de comer,  los pobres siempre le han llamado hambre.

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