lunes, 24 de octubre de 2011

IMÁGENES, VIVENCIAS...

A veces se encuentran imágenes olvidadas en el tiempo y,  con ellas, vivencias que se creían igualmente perdidas.  A veces, con las imágenes y las vivencias se rememoran momentos inolvidables.
 Yo me eduqué con los marianistas,  ya sabeis,  gente rigurosa,  vestida de negro;  de ellos conservo buen recuerdo especialmente de un profesor de literatura, que me enseñó,  en el sentido amplio de la palabra,  a leer.  En mis primeros años de bachiller,  creo,  se convocó un concurso de poesía para conmemorar la festividad de la vírgen al que estábamos obligados a participitar escribiendo algo y,  cómo no, lo hice.
  Para mí, en aquella época  lo importante eran los recreos,  en los que teníamos un tiempo para jugar al fútbol con los compañeros y recuerdo como aquél día,  faltando pocos minutos para que llegara la hora deseada,  el profesor me dijo que me quedara en la clase al terminar,  por lo que dediqué esos instantes en pensar qué había podido hacer,  que él supiera,  para merecer la bronca que de seguro me esperaba.  Mi sorpresa llegó cuando tras marcharse todos mis compañeros,  me notificó que había quedado finalista y debía acudir con él al despacho del director.  Solo una vez había ido a aquél temible lugar por haber hecho  " rabona "  y no tenía buena experiencia de la visita.
   Mientras cruzábamos un patio lleno de niños que disfrutaban jugando,  mis pensamientos eran confusos.  ¿Creían premiarme privándome de lo que realmente deseaba,  que era jugar?.
   Ya junto a la puerta del despacho ví sentado en un enorme sillón al Pérez aquél,  un empollón que hoy es catedrático de algo y aquello contribuyó aún más a molestarme.  Mi profesor entró,  dejándonos fuera,  expectantes;  naturalmente,  no cruzamos palabra alguna.
   Fué eterno,  oíamos voces dentro y yo no acertaba a entender nada.  Al cabo de un tiempo,  mi profesor apareció y nos hizo pasar.  El Pérez aquél se dió prisa en hacerlo primero;  el director, del que no guardo buen recuerdo,  se dirigió a él y le dió un papel,  que llamó diploma,  felicitándole con unas palmaditas,  mientras le acompañaba a la puerta.
   Quedé solo junto a cuatro o más individuos vestidos de negro o sotana,  que me observaban;  me felicitaron,  excepción hecha del director que se limitó a mirarme con extrañeza y notificaron que era el ganador de aquella dichosa convocatoria.  Tuve que oir a uno de ellos leer mi poesía mientras me ruborizaba.  Me dieron algo.
   Por fín me situaron junto a un enorme ventanal para hacerme una fotografía estrechando la viscosa mano del director;  por la ventana podía ver como los demás niños jugaban y tuvieron que insistir para que mirara a la cámara.  Qué envidia me daban...
  
                                                                                                               

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