martes, 25 de octubre de 2011

MARTA

   He visto el rostro de los padres de Marta tras el teatrillo que dos fantoches han montado en el tribunal de Sevilla,  donde solo ha faltado la concha de los  apuntadores  para dirigir la actuación zafia,  grosera, bajuna,  de ambos impresentables.
   He visto la impotencia detrás del sufrimiento de quienes han agotado sus lágrimas pidiendo solo conocer donde se encuentra el cadáver de su hija y he sentido el desamparo de quienes esperaban una policía más efectiva y una justicia menos fría.
   Tenemos la policía que pagamos,  me decía alguien que la conoce bien porque está dentro y le mostré mi desacuerdo porque si no les parece bien su sueldo han tenido la ocasión,  como todos,  de ser otra cosa;    tenemos una policía que falla estrepitosamente cuando se encuentra ante casos de dificultad,  como éste y alguno más que vivimos estos días. 
   Por parte de la justicia,  qué decir;  el montaje del careo ha sido patético.
   Y los padres de Marta que saben todo esto,  mueren cada día un poco,  solos ante tanta incapacidad,  con la evidencia de que todo valdrá para poco y temiendo que venga la noche,  cuando el sueño tarda en llegar y la imagen de su hija les viene otra vez  para que su mente les machaque a diario con la incertidumbre y la evidencia de su cuerpo tirado en cualquier sitio,  de cualquier forma,  por unos malnacidos.
   Las cárceles tenían antes un código de honor estrictamente seguido,  por el que algunos delitos no se admitían entre penados y éstos vivían expuestos a diario a la aplicación del mismo.  Es ilegal,  tanto como matar como han matado;  no es admisible,  como no es admisible lo que han hecho.  Por ello,  estoy lejos de pedir que éste se aplique,  tan lejos como cerca del sufrimiento de esos padres.
   Pero posiblemente sea la única forma de que puedan conocer algún día el paradero de los restos de Marta y darle descanso.  El mismo que ellos necesitan,  por caridad,  por justicia.

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