jueves, 6 de octubre de 2011

SÍ ES PAÍS PARA VIEJOS

   Si algo nos ha dejado claro la crisis es que el sueño europeo tenía poca consistencia;  buenos deseos,  sí,  mejores expectativas también,  pero lo dicho,  bien poca consistencia.
   En un continente de viejos,  o ancianos,  que suena mejor aunque sin rejuvenecernos,  todo estaba saliendo según lo previsto y a diario nos llegaban inmigrantes buscando acomodo y trabajo.  La construcción proporcionaba lo segundo y nuestros prejuicios dificultaban lo primero,  pero esta mano de obra se fué haciendo a los extrarradios,  al alquiler abusivo y al hacinamiento en viviendas que de otra manera tendríamos vacías.
   La joven inmigración pagaría las pensiones de los ancianos locales,  cada vez más jovenes,  con una recuperada afiliación a la seguridad social que nos hacía sentirnos suizos.  Comenzamos a jugar al golf,  que era cosa de extranjeros.
   Pero el especulador,  siempre atento,  vió la oportunidad en el fenómeno y nuestro conocido,  el gordito del bigote que trabajaba en la caja de ahorros,  comenzó a tejer una tupida red en la que fuimos cayendo todos,  ancianos e inmigrantes:  a nosotros nos ofreció la segunda vivienda para negociar o la casita del campo,  con barbacoa y piscina y a ellos la primera,  complementándola con un vehículo para moverse por nuestras ciudades,  que son muy grandes.  Hipotecas a cuarenta años,  con el doble de páginas de letra pequeña y el triple de mala baba.
   Lo del ladrillo se paró porque alguien pensó que había llegado el momento de recoger ganancias y se destapó el cotarro:  el gordito del bigote dejó de saludarnos a nosotros y al inmigrante comenzó a llamarle negrata.  Ahora trabaja para los mismos pero en un banco que se dice renovado,  se presenta como nuevo y es solo el resultado de la fusión de varios antiguos que compitieron en repartirse el escaso pasivo de quien ahora menosprecian. 
  Él y otros como él hacen circular constantemente en internet numerosos correos denunciando que tengamos que pagarles prestaciones sociales.  Nosotros,  los ancianos que creíamos tener asegurada nuestra pensión por su trabajo,  denunciamos ahora el alto coste de su mantenimiento.  Tendremos que dejar el golf y volver al dominó.
   Pero hemos aprendido algo:  el bienestar que hemos conocido de un país,  se basa en tener la suficiente mano de obra externa,  naturalmente sujeta a temporalidad y aquí radica la lección,  para mantener una población envejecida.   Lo podemos llamar de muchas formas,  podemos vestirlo con numerosos disfraces,  pero la realidad es lo que vemos en el espejo.  Lo demás es política, especulación o estupidez.

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