lunes, 14 de noviembre de 2011

EL PAVERO

   Medio en broma,  medio en serio,  mi buen amigo Enrique mantenía que a las personas nos gusta ser dirigidas como pavos y que en el fondo lo necesitamos. 
-Así somos los españoles,  -  aseguraba convencido.
   Naturalmente,  él se consideraba pavero,  o sea,  conductor de pavos.
   Recuerdo en mi infancia,  cuando aún se compraban pavos vivos por navidades,  como el pavero llevaba el rebaño por la calle,  dirigiéndolo con una vara larga,  fina y flexible,  con la que apenas si golpeaba a los elementos que se salían de la fila.  Generalmente les bastaba tocarles y raras veces ví como lo hacía con mayor energía.  Los pavos,  ajenos a su suerte o quizás esperanzados en que las fechas pasaran sin ser sacrificados,  marchaban disciplinadamente a las órdenes,  vara en mano,  del pavero.  Cuanta admiración despertaba aquél individuo que sin descomponer nunca su envaramiento y seriedad,  largas patillas y vocabulario indescifrable,  manejaba con increible destreza al rebaño de hermosos pavos negros que los chiquillos mirábamos absortos,  con simples golpecitos de su vara especial,  sin duda de complícadísimo manejo.
   Enrique ejercía de pavero,  como muchos quisieran y otros sueñan;  me ha venido todo a la cabeza tras recibir uno de esos correos que los amigos te mandan como una especie de estúpida cadena,   originada en alguien como él pero sin la gracia que le caracterizaba.  Él era,  el cáncer le arrebató la vida,  una persona con principios autoritarios pero un corazón que no cabía en su Málaga de su alma,  mientras quienes confeccionan barbaridades en unas líneas bañadas en odio y vestidas de ignorancia, solo buscan socavar las convicciones democráticas de personas que no las tienen fírmemente asentadas.  Algunas participan de esas lamentables ruedas de envíos y la mala baba acaba por llegar a tu escritorio.
   En pocos días cumpliremos el aniversario del último pavero de este país y vamos a hacerlo votando,  mal que les pese a quienes le echan de menos,  que pueden,  si es ese su gusto,  continuar desfilando a diario al dictado de la vara de su propia frustración y la de los agoreros que encuentran en ellos su más ferviente e irracional parroquia.
  

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