martes, 29 de noviembre de 2011

EL RELOJ

   Recuerdo con especial cariño aquél reloj Dogma regalo de mis padres,  con correa de cuero,  dorado,  que se convirtió durante mucho tiempo en mi compañero,  ocupando lugar de honor en mi muñeca izquierda;  mi primer reloj.  El tiempo acabó por situarlo en la derecha,  por cuestiones prácticas y una lesión de balonmano.
   En mi casa había también algún Cauny y de aquella época poco más me suena en cuanto a marcas,  salvo que no todo el mundo tenía reloj.  Era habitual que te preguntaran la hora y para mí algo mágico,  aunque los mayores solían romper el encanto del momento con el trato:
-Qué hora tienes,  niño  -  Te decían al ver en tu brazo el artilugio.
   Pero,  como ya digo,  no todo el mundo tenía reloj,  por lo que la pregunta habitual  era  si se tenía.
-¿Tiene hora,  por favor?,  -  era lo adecuado,  ante la posibilidad de que la persona llevara reloj.
   Relojes de cuerda,  con su obligado tiempo para dársela  por la noche, cargándolos para la próxima jornada.  Relojes que atrasaban o adelantaban y daban vida al relojero,  que  los ajustaba.
   Llegó después el cuarzo y con él los japoneses Orient,  Citizen y Casio,  fundamentalmente,  con diseños atrevidos,  la posibilidad de bañarte con ellos en algunos casos y  colores o formas desconocidos hasta entónces.  Llegaron los automáticos y como seguíamos teniendo un solo reloj,  no se paraban nunca.
   El reloj se convirtió,  lo es hoy cada día más,  en un complemento de nuestra personalidad o así lo creemos,  influenciados por el machaqueo de la publicidad.  Rara es la revista que no lleva el anuncio de alguno,  haciendo hincapié en su deportividad,  como si un reloj nos hiciera deportistas,  en los doscientos metros o veinte atmósferas que resiste bajo el agua,  imprescindible para gentes que ni siquiera saben nadar,  o resaltando su elegancia o caché:  su precio,  en definitiva.  Todos nos hicimos amantes del Rolex,  que en sus formatos clásicos es el reloj más feo del mundo.     Otra cosa es que podamos comprarlo.
   Recientemente ha vuelto a ponerse de moda un modelo de esos relojes japoneses,  en formato digital,  que terminaron vendiéndolos hace muchos años a precios irrisorios y las señoras especialmente son sus portadoras.  El efecto vintage se impone y algún marido verá con disgusto como su señora esposa lo lleva a diario,  dejando en el estuche,  junto a otros,  el Cartier que le costó un ojo de la cara o que,  posiblemente,  aún esté pagando.
   Lo cierto es que,  a pesar de la evolución del reloj,  aún hay gente impuntual que llega tarde a todas partes y ni siquiera se disculpa;  ahora solemos mirar el nuestro ostentosamente para hacérselo comprender cuando llegan y alguno se da por aludido.   La culpa la tenemos quienes esperamos;  junto al acostumbrado tocho de instrucciones del submariner,  tachimeter y no sé cuantas cosas más,  debería venir un manual de urbanismo.  Pero ese es otro tema.
 

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