miércoles, 9 de noviembre de 2011

GATO GARDUÑO

      Ya Lorca lo refiere en su romancero gitano y varias regiones españolas lo reconocen como animal esquivo,  huraño y huidizo.  Como Carlos,  a quien sus colegas llamábamos gato garduño por su especial antipatía,  falta de tacto y escrúpulos.
       Este animal,  a dos patas y con corbata,  dirige a sus colaboradores como quien gobierna un bajel negrero,  con especial rudeza que contrasta con la sibilina sonrisa con que se dirige a la alta dirección,  en un vulgar ejercicio de miserable peloteo.  Un prenda,  la criatura.
       Lo perdí de vista,  a Dios gracias  hace tiempo,  aunque las circunstancias me traen noticias suyas a través de terceras personas ignorantes totalmente de mi conocimiento del elemento. Sigue igual.
       Si algún día hago balance de las personas que he conocido a lo largo de mi vida,  que ya comienza a ser un respetable período,  caeré en la cuenta de que para conocer gente interesante,  hay que quitar las piedras de muchos platos,  como cuando de pequeño veía en mi casa escudriñar las lentejas a granel,  entre las que se colaban piedrecitas,  para evitar la desagradable sensación de masticarlas comiendo.  Aún así,  yo,  que he sido especialmente cuidadoso con este tema,  he padecido o tratado a más de un gato garduño en diferentes ambientes.  Son los únicos conocidos cuyos nombres no producen escalofríos escritos en una esquela mortuoria.  Descasamos en paz quienes dejarlos de verlos.

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