martes, 8 de noviembre de 2011

UNIDAD DE DESTINO

   Los españoles nos pasamos demasiados años aspirando a ser lo que se dió en llamar unidad de destino en lo universal,  que nadie sabía lo que quería decir pero era el sino irrenunciable de todos,  en vez de estudiar inglés que era más útil u opositar,  siempre bien visto.
   Como a Adán y Eva,  nos estuvo mucho tiempo prohibido comer del árbol de la ciencia en nuestro peculiar paraíso terrenal de posguerra y así se controlaba lo que se leía y hasta cuanto se oía.  Para una cosa se creó aquello de la formación del espíritu nacional y nuestros oídos eran vigilados por la cadena azul de radiodifusión.  Así,  lo de encontrar la unidad de destino esa estaría cantado y aún hoy muchos nos preguntamos si llegamos a verla.
   En la clase de FEN,  ya saben,  la de formación del espíritu nacional,  era habitualmente donde comíamos el bocadillo,  no sé si por aburrida,  mientras un abnegado funcionario nos leía sin disimular su emoción  libros como velas y anclas,  o aquél más esclarecedor aprendiz de hombre,  nada menos que de un Torrente Ballester que en aquella época militaba en falange como alternativa al infortunado destino de algunos de sus amigos.
   Era tedioso,  pero siempre preferible a los problemas matemáticos que,  ineludiblemente,  se basaban en calcular algo sobre un tren que salía a una hora concreta de un determinado sitio y hacía no sé cuantas paradas,  mientras otro hacía más o menos el camino inverso y había que adivinar cuando coincidirían en la estación de Linares-Baeza;  por si esto no fuera ya complejo,  tenías que decir cual era el nudo ferraviario más cercano.  Lo dicho,  en FEN te comías el bocata y además,  todo era absurdo porque en aquella época no salía un tren a su hora en todo el territorio nacional.
   Recuerdo a un profesor explicando con ardor la reconquista de España a los moros,  que entonces se les podía llamar así, y su expresión de disgusto cuando alguien le preguntó por la tardanza,  más de ocho siglos,  en terminarla.  Quizás faltaba esa unidad de destino.
   Eran años en los que había que inventarse un destino,  digo yo,  porque los contemporáneos no estaban muy contentos de serlo y se hicieron demasiado largos.  Hasta que el anciano general  se puso a morir y mientras quedaban cubiertos de plata que llevarse,  algunos insistieron en mantenerle vivo junto al dichoso mandato.  Tras aquella fecha,  nadie ha vuelto a hablarnos de eso y la idea parece haberse perdido;  como si el general,  que presumiblemente había inventado aquello,  se lo hubiera llevado a su tumba con él.

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