miércoles, 7 de diciembre de 2011

LA DIFERENCIA

   Una de las peores consecuencias que tienen las crisis económicas es que,  invariablemente,  se agranda la diferencia entre ricos y pobres;  ambos aumentan su potencial,  el rico pasa a serlo más y el pobre,  si cabe,  también.
   No merecería la pena ser rico si no fuera así,  digo yo,  mientras algunos les señalan con el dedo acusador de la envidia,  como si tuvieran la culpa.
   Sin ir más lejos,  todo un gobierno socialista acaba de indultar a un ejecutivo de banca mientras no ha movido un dedo para impedir la creciente avalancha de desahucios por impago de unas hipotecas sembradas y abonadas con escasa ética.
   Y aún más cerca,  vea como los mismos sindicalistas que pusieron todo tipo de trabas al mismo gobierno a la hora de hacer mejores ajustes laborales y sociales a los trabajadores,  acuden a la entrevista con el próximo presidente con el pantalón pre-desabrochado.
   Debe ser que como son menos,  hablo ahora de los ricos,  les cuesta también menos trabajo ponerse de acuerdo en que no necesitan hacer nada para que nadie se meta con ellos.  Es este un país que pierde progresivamente su clase media,  que se distribuye ahora en tres grupos:  los que están acongojados,  por no decir acojonados,  agarrándose a lo que tienen y poniendo mil velas para no perder el puesto de trabajo  por muy precario que se lo pinten,  los funcionarios que están cabreados y también acongojados,  o sea,  y los nuevos pobres,  que han perdido el puesto de trabajo,  que están acongojados,  cabreados y todo lo que usted pueda suponer.
   Eramos,  eso creíamos,  nuevos ricos y resulta que empezamos a ser nuevos pobres;  los de siempre bajan aún un escalón y pasan a seguir siendo pobres pero viejos,  que la antigüedad es un grado,  por eso dicen los que entienden,  los taxistas y los que aún escriben en los papeles,  que aumentan las diferencias.  Había que explicarlo.

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