sábado, 4 de febrero de 2012

BODA EN LA NOTARÍA

   Tras llevar al partido popular bajo palio durante el mandato de Zapatero,  la Iglesia,  o mejor dicho los señores obispos,  están sorprendidísimos por la iniciativa de Gallardón de autorizar a los notarios para efectuar bodas civiles y divorcios.
   Alberto Ruiz Gallardón es algo así como la extrema izquierda del centro de la derecha,  según se vea desde estribor,  o la derecha pija de la derechona,  desde babor.  Si el anterior presidente,  al que ya no nombran ni en su partido,  propone algo parecido,  llegan las sotanas y las banderas de Sol a Navalcarnero.
   Los notarios,  pobrecitos,  no se comen una rosca con la crisis;  aquellos que hasta hace poco nos miraban con cara de asco cuando firmábamos unas escrituras que leían a velocidad de tiro y precio de atraco,  en enormes salas adjuntas a  mayores despachos,  con salas de espera llenas de gentes que como usted y como yo estaban citados a las diez y recibían a la una,  están dispuestos a casar,   a separar y a lo que sea,  con tal de cobrar.
   Y la iglesia,  digo los obispos,  miran sorprendidos aunque podría ser aún peor:  imaginen que se hubiera autorizado para lo mismo a los fontaneros,  que dicen tacos y siempre olvidan llevar el talonario de facturas encima.  Además,  son de efepé,  que les huele a sudao.
   Llevamos demasiados años en que los hijos del fontanero querían ser notarios y los del notario vivir del cuento;  ahora éstos últimos se plantean hacer fontanería,  en Navarra si es posible,  que saldrán bien preparados.  Digo yo.
   Me cae bien Gallardón,  lo mire desde donde lo mire,  pero lo veo despistado;  yo soy de tiempos en que había que hacer un riguroso cursillo pre-matrimonial,  solo soslayable con una no menos rigurosa limosna.  El cura que me tocó en turno,  bonachón y rutinero,  me hizo pasar por una confesión espantosa de pocos minutos en los que tuve que resumir años de desapego y pecados gravísimos,  decía,  de los que no estaba arrepentido.    Quizás por ello largó un sermón de veinte minutos a los asistentes a mi boda, en el que contó la historia de siempre,  juntando todos los fascículos.  Todavía hoy dudo de si pretendió limpiar mi conciencia o la suya,  aunque aquello dió para las dos y la de todos los sufridos invitados.
   Un notario me habría hablado de otorgamientos,  dominios, cargas, catastros y transmisiones,  y como estábamos en tiempos de pesetas,  habría finalizado ceremoniosamente:  ¡ Son diez mil !.
   Un fontanero habría dejado goteras en nuestro vínculo y concluído:  ¡ Son tres mil si no quiere factura !.
   Cuando se empezó a hablar del divorcio toda la derecha se echó a la calle para protestar por el grave ataque a la familia.  Poco después,  había algún ministro popular divorciado unas cuantas veces y de los protestones quedan poco más de diez casados. 
   Yo,  que ví bien el avance,  sigo casado por aquél cura que me libró del cursillo pero lo impartió de golpe a los asistentes a la ceremonia,  en una calurosa tarde de Septiembre. 
  
  
  

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