martes, 6 de marzo de 2012

LA FELICIDAD, SEGÚN ANTONIO M.

   Recuerdo con frecuencia a un individuo para el que el conocido principio de Peter era  referente en lo excepcional,  por su evidente encaje.  Lo excepcional era que todos lo veíamos menos él.
   Antonio M.,  obviaré por pudor su apellido,  había llegado nadie sabe cómo a un puesto directivo de responsabilidad en la organización de la empresa para la que entónces ambos trabajábamos,  dando lugar por ello a las más descabelladas elucubraciones sobre su ascenso.  En el fondo,  él mismo,  su figura,  su expresión,  su comportamiento,  todo él era descabellado.  Pero ahí estaba.
   Con ocasión de un curso de formación y al terminar la tercera jornada del mismo,  nos visitó y  dirigió unas palabras de clausura.  Fué todo un espectáculo.
   Naturalmente,  bueno,  naturalmente conociéndolo,  no tenía ni pajolera idea de lo que trataba el curso y además le importaba poco.  Nos habló de la necesidad de ser felices.
   Duró algo más de cuarenta minutos el discurso,  adornado por su siempre excesiva gesticulación y mirada perdida en vaya usted a saber qué espíritu.  Nos exigió ser felices por la transcendencia positiva que ello tenía en el desarrollo de la empresa y porque haríamos felices a nuestras familias,  con lo que al vivir en un entorno definitivamente feliz,  todo iría mejor.
-¡¡¡ Que seais felices,  coño !!! -,  nos gritó en un par de ocasiones.  Era una órden.
   Las miradas de los asistentes al acto,  entre los que se encontraban otros directivos,  oscilaban de la estupefacción al sobresalto. 
-Le quedan dos afeitados aquí,   pensé.
   Le quedaron muchos,  para mi sorpresa que fué avezándose en el arte de creer en lo imposible y para la de muchos que aún hoy,  pasados los años,  seguimos sin explicarnos el fenómeno.
-Es un gran motivador,  oí decir sin convencimiento a alguien.
-Es un chalado,  contestó otro a su lado.
   Pero Antonio siguió afeitándose largo tiempo entre nosotros,  haciendo nadie sabe exáctamente qué desde su puesto.  Al cabo de algunos años,  aquella empresa fué haciéndose antigua y casi nos hacemos antiguos nosotros,  pero llegó gente sensata a la dirección que al conocerlo le pusieron en la calle. Otros aprovechamos los cambios para volar a nidos más actualizados.
   Aquél pobre diablo,  que no era mala persona sino un incompetente,  dejó huella en cuantos le conocimos.  Saludaba dando abrazos largos y fuertes,  agravados por su envergadura nada despreciable y a veces mordisqueaba en la oreja a quienes más apreciaba.  Peter se había quedado corto.
   Pasados muchos años,  me encontraba dirigiendo una reunión y trataba un tema cansino mientras observaba las caras de los asistentes,  entre los que había claros signos de amodorramiento.  Tuve la tentación de hacer como Antonio M.,  y ordenar:  ¡¡¡ Que seais felices,  coño !!!.
   Pero ni los tiempos ni las circunstancias,  ni el pudor,  me permitieron hacerlo.  Y me quedé con las ganas.
  
  


  

No hay comentarios:

Publicar un comentario