lunes, 16 de abril de 2012

LA GOLONDRINA



   Hace muchos años,  cuando aún la niñez me hacía creer en muchas cosas o era quizás la inocencia,  tuve una escopeta de plomillos prestada por un familiar durante varios días,  en el campo,  a pocos kilómetros de un Barbate que aún era de Franco,  como casi todo en este país.
   Teníamos a un lado la Venta del Loro,  donde su propietaria,  Matilde,  que recuerdo grande y amable,  disponía de un frigorífico que funcionaba a butano,  porque la luz aún no les había llegado.  Frente a nosotros,  una leve alambrada cercaba la enorme dehesa donde pastaban reses bravas.  Con frecuencia las observaba asombrado,  mientras algún toro vigilaba igualmente sorprendido mis torpes movimientos.
   Disparaba con mi escopeta a latas,  botellas y enemigos imaginarios entre la arboleda,  cuando divisé por encima mía una bandada de alegres golondrinas que revoloteaban cercanas a un tejado.
   No lo pensé;  me encaré la escopeta y apunté solo un par de segundos a una de ellas que planeaba confiada,  en la seguridad de que no le acertaría,  pero me equivoqué.
   Ví,  horrorizado,  como aquella inocente golondrina caía en picado a pocos metros de donde me hallaba.  Permanecí inmóvil algún tiempo,  petrificado,  arrepentido,  temeroso.  Yo no quería darle,  no quería matarla.  Yo no quería.
   Para los niños de la época,  aquella hoy tan lejana,  las golondrinas no eran pájaros vulgares,  sino algo así como aves divinas,  o quizás yo las veía así;  alguien me había dicho o lo había leido,  que eran criaturas de Dios.
   Tardé unos minutos en acercarme a ella,  inmóvil entre la hojarasca,  tras comprobar que nadie había visto mi horrible acción.  Había una hoja de periódico abandonada por algún excursionista y ella me sirvió para envolver,  ocultándola,  a mi víctima.
   Deposité aquél envoltorio con su contenido junto a un árbol,  en un pequeño agujero que realicé con rapidez y la ayuda de una rama caída.     Lo tapé posteriormente con algo de arena y hojas secas y me marché del lugar no sin antes tomar algunas referencias para localizarlo en otro momento.
   Tenía el corazón desbocado,  latía con enorme fuerza y me pareció sentir las manos muy frías,  a pesar de estar en pleno verano.
   Regresé después junto a mi familia y no conté,  naturalmente,  nada de lo sucedido.  Durante unos días estuve esperando,  mejor dicho temiendo,  que alguien me hubiera visto o descubrieran el cuerpo del pobre animal.  Volví un par de veces más hasta el lugar para asegurarme de que aún estaba allí.  En una de las ocasiones,  la bandada de golondrinas,  la misma quizás o posiblemente otra,  quien sabe,  revoloteaba,  jugaba sobre mi cabeza,  ajena a mi travesura o conocedora de ella,  para recordármelo.
   Nunca más en mi vida he sido capaz de disparar a otro animal.

2 comentarios:

  1. Una buena historia. Cuando empecé a leerlo pensé que terminaría estando relacionado con lo de Felipe Juan Froilán, pero no, fue un simple recuerdo de infancia muy bien contado.
    Yo nunca he disparado una escopeta, pero me pasaba algo parecido a ti cuando mi padre traía orgulloso una ardilla o un conejo que acababa de cazar.

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  2. Me alegra verte por aquí, Alex. Seguramente tanto tiro y tanta escopeta me han traído estos recuerdos.

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