viernes, 18 de mayo de 2012

LA COLLEJA



   Veo en portada de prensa la fotografía casi en primer plano de un personaje  y me ha venido al recuerdo esa infancia despreocupada e inocente en el colegio,  en la que siempre había algún niño con esa cara,  inevitable imán de collejas sin teórica maldad. 
   Los niños a la par que inocentes son crueles,  quizás porque la inocencia ya en tan temprana edad no es gratuita.  No se puede,  no se podía antes al menos,  ir con una cara como esa por ahí,  como reclamo incesante de  " merecidas " collejas,  o cosquis,  que eran lo mismo pero administrados con los nudillos.  A veces no podía uno esperarse al ansiado descanso entre clases y largaba el cate en medio de una operación de quebrados,   con la consiguiente bronca.  Es que esas caras provocaban.
   Yo era ya prematuramente de letras,  por lo que las matemáticas se me daban fatal,  así que ignoro si todavía existen los quebrados o eso era solo con Franco.
   Qué tiempos,  suspiro,  cada vez más lejanos,  aunque todavía veo por la calle a varios de esos niños,  ya muy creciditos,  que tenían ese tipo de cara.  Alguno me mira,  desconfiado,  como si a estas alturas le fuera a hacer algo.  Qué más quisiera yo.
   Los demás no éramos pegones,  ni mucho menos,  personalmente yo era muy canijo y no el típico grandullón avasallador que había en todos los colegios;  pero no teníamos culpa de esas caras,  muchas con orejas como soplillos,  como se llamaba aquél artilugio que habíamos visto en casa para aventar el fuego de la cocina económica o la copa de picón de la salita.  Los chiquillos de la época no éramos malos,  solo traviesos.
   Pero,  vuelto ya a la realidad,  identifico al individuo de la fotografía,  el de las collejas,  quedando sorprendido por el descubrimiento.  Es nada menos que el Goirigolzarri,   el que se llevó de pensión al marcharse de un banco con cincuenta y cinco años algo así como tres millones de euros anuales.  O sea. Con esa cara.
   Los quebrados,  ahora ya sin Franco,  somos los antaño presuntos normales y bien quebrados que nos están dejando algunos de aquellos,  que ahora nos miran desde la portada de prensa,  en una especie de competición para ver quien se lo lleva más calentito.
  Incluso,  ahora que lo miro bien,  me parece adivinar en la fotografía que sonríe.  O se ríe,  de todos nosotros.
  
    
  

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