lunes, 11 de junio de 2012

EL MENTIROSO Y EL COJO


   Se coge antes a un mentiroso que a un cojo,  siempre se ha dicho,  aunque nunca me detuve demasiado a pensar lo profundo de su significado.  Entre otras cosas porque no recuerdo haber perseguido nunca a un cojo y en cambio he debido tratar con infinidad de mentirosos a lo largo de mi vida. 
   Mentir es faltar a la verdad,  así a lo bruto,   pintar de mar el campo,  ocultar lo evidente,  en fín,  tan extenso es el terreno donde pasta la mentira como posible que usted y yo pisemos la única cagada de vaca en toda su extensión  y salgamos cojeando del cercado,  maldiciendo a la fortuna.
   La medicina ha avanzado tanto que ya se ven pocos,  hablo de los cojos,  por nuestras ciudades y praderas y en justa compensación de la balanza,  por no dejar el dicho,  el número de mentirosos,  como el tontos,  ha crecido una barbaridad.  Ya lo decían antes,  tan antes que lo hacían en latín,  cuando afirmaban aquello de  "stultorum infinitus est numerus"  o,  puesto en cristiano,  el número de tontos es infinito.  Pues el número de mentirosus aún lo es más,  si cabe,  que bien cabe.
   Yo no apunto a nadie,  es usted quien supone que hablo de alguien y por ello a su conciencia dejo el atributo. 
   Mentir es,  más arriba lo dije,  faltar a la verdad;  pero lo peor es que al hacerlo se le toma el pelo conscientemente a la persona a quien se le mete la bola.  Mentir es,  pues,  tomar el pelo también.   Es llamar tonto al interlocutor,  es creer que lo es.
   Mire a su alrededor,  apenas quedan cojos,  pero mentirosos,  lo que se llama mentirosos,  hay la tira de ellos.  Algunos mandan más que mienten o,  por no faltar a la verdad,  mienten más que mandan.

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