viernes, 7 de septiembre de 2012

UN CONSIDERANDO


   No conozco nada tan oscuro como la ausencia de luz,  de imaginación,  ante el folio en blanco de antes,  el Word de ordenador de hoy,  ya sin el peculiar sonido de tecleo  de la Olivetti,  fiel compañera,  apuntando siempre algo que se desvanecía incluso antes de llegar al papel.
   Plasmar la fantasía es complicado porque,  aún siendo inventada,  pretende reflejar cuanto se adivina,  cuanto se teme.  A veces,  lo deseado.
   Se hace necesario el punto de partida,  la situación desde la que torcemos los renglones de la realidad para convertirla en fábula,  el momento,  el lugar,  las circunstancias.
   Pero algo falla cuando de nuevo la imaginación,  otra vez ella,  nos deja mirar dentro y la vemos aún peor de lo imaginable;  la verdad es incorruptible por cuanto ya es presente y solo puede versionarse según nos afecte vistiéndola de futuro,  adornándola a nuestro gusto o conveniencia.
   Así nos engañamos y engañamos y creemos cuanto queremos creer de nosotros mismos y de quienes nos rodean.  La utopía como estilo,  la realidad como amenaza.
    Todo ello,  una vez más,  nos lleva a la conclusión de que no hay peor fantasía que la que vivimos y que todas las creencias,  incluso las más íntimas,  nos conducen a la incredulidad cuanto más las conocemos.  El trato con el hombre es la más difícil experiencia a la que estamos sometidos.

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