lunes, 1 de octubre de 2012

COSAS DE PARETO


   Nunca me han gustado las matemáticas y el tiempo se empeñó en demostrarme que tampoco yo le gusto a ellas.  Algunos nacemos ya de letras,  o nos hacen así demasiados profesores de la asignatura que la entendían aún menos que yo pero vivían de enseñarla,  o eso creían,  en centros pijos que mostraban pocos escrúpulos a la hora de seleccionar a los docentes.
   Así que me quedé en los quebrados,  por solidaridad,  dejando fuera de mis entendederas todo cuanto vino después.  Y en ello sigo.
   Pero sí que conservo el marchamo de quienes creyeron y aún creen a pié juntillas en la autenticidad del principio de Pareto.  Especialmente en mi vida profesional,  ya felizmente finiquitada,   me fué de gran utilidad.
   Vilfredo Pareto nació en París,  algún defecto había de tener,  en Julio de 1848 y murió un mes después pero setenta y cinco años más tarde,  lo cual no era habitual en esos tiempos.
   Economista y sociólogo,  como los jovenes en paro de hoy,  contribuyó con variados estudios a lo que hoy llamamos microeconomía,  pero se le conoce fundamentalmente por el llamado principio de Pareto,  con el que describe gráficamente como la sociedad,  cualquier sociedad,  se divide en los muchos de poco y los pocos de mucho.
   Establecía así la diferencia entre el veinte por ciento de la población que ostenta el ochenta por ciento de algo y el ochenta por ciento restante que controla el veinte por ciento de lo mismo.
   Estas cifras,  todas las cifras,  son arbitrarias y por ello pueden variar,  pero también es cierto que son aplicables a cualquier circunstancia,  con sorprendentes resultados.
   Pareto se sorprendería hoy día con los políticos que disfrutamos en nuestro entorno:  diría que el ochenta por ciento son honrados pero señalaría sin dudar al restante veinte por ciento como corruptos.
   Si viera las cargas policiales con ocasión del 25 S,  afirmaría que el ochenta por ciento de los policías son funcionarios ejemplares pero ese veinte por ciento restante los viste a todos de gris,  como aquellos detestables grises de la dictadura,  de gatillo fácil y largas manos. 
   Vilfred Pareto no entendería el despojo sistemático del ochenta por ciento de la población para cubrir las apuestas de juego fallidas de un veinte por ciento financiero.  Le habrían aporreado,  le habrían sacado de un bar entre varios para dejarle maltrecho en la calle;  le habrían golpeado en una estación de metro.   La justicia queda fuera siempre de todos los porcentajes,  quizás porque los jueces no ven la televisión.
   O,  porque como aseguraba B. Brech,  "muchos jueces son absolutamente incorruptibles,  nada ni nadie puede inducirles a hacer justicia".
  

  
  

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