jueves, 13 de febrero de 2014

LA RADIO

     Los niños de la generación del cincuenta y tantos,  unos más arriba otros más abajo,  no fuimos a la guerra aquella de nuestros abuelos y padres pero sufrimos la más larga posguerra que imaginarse pueda.   Ni siquiera estoy seguro de que hoy se haya acabado.
     Sí recuerdo mi obsesión por afiliarme a la O.J.E.,  organización juvenil española dependiente de Falange,  cuya ideología estaba lejos de entender pero tenía los llamados hogares juveniles,  que eran locales donde se reunían los niños asociados bajo el control de otros niños más mayores,  con diversos juegos de salón,  comics,  (entónces les llamábamos a todos tebeos) y algo que ejercía para mí una atracción mágica:  mesas de ping pong.
     Mi padre no me permitió nunca afiliarme a aquello,  que tenía su uniforme y todo,  por no sé qué razones que se resumían todas en una posible y seguramente temida vuelta de la tortilla.  Nunca entendí aquello ni qué tenía que ver la dichosa tortilla con mis deseos de entrar a jugar en el hogar juvenil cercano a mi domicilio.
     Es cierto que varios de mis amigos de la época pertenecían a la organización y ello me permitía entrar cuando los responsables no estaban atentos.  Pero me echaban al descubrirme.
     Una noche,  no sería muy tarde pero sí que estaba oscuro,  conseguí abrir una de las ventanas del ansiado lugar y entré en él sin pensarlo.  Por unos minutos fuí el jefe y me sentí importante.
     Tanto que al día siguiente descubrieron una cagada,  con perdón,  en aquella adorada mesa de ping pong a la que esos insensatos no me permitían acceder.  (Supongo que habrá prescrito).
      Hoy se celebra el día de la radio y recuerdo un enorme artefacto de marca Telefunken en mi casa,  con varias teclas y un dial que señalaba la localización de emisoras en Berlín,  Tokio,  París y no sé cuantos sitios más que debían estar bien lejos porque lo cierto es que nunca conectamos con ellas.   Incluso,  me contaron,  podía escucharse la pirenaica,  que era la voz clandestina de la gente a la que se conocía como los rojos,  que se habían llevado algo de oro a Moscú.  
     Cuando comencé mis primeros pinitos en lo de la música,  conecté un micróno Ronette a una entrada posterior del artilugio y durante unos minutos soñé que cantaba.  Después saltó una chispa en algún sitio y dejó de sonar.
     En mi atrevimiento por solucionarlo dejé a media casa sin luz,  pero un vecino manitas lo arregló todo y todavía hoy nadie me ha acusado del atropello.
     Era la radio de lacrimógenas novelas y también del rosario de las siete,  que invariablemente se rezaba en muchos hogares,  entre ellos el mío.  No sé cuantos misterios y ora pro nobis caían uno tras otro.  Era cosa de mujeres.   Todavía hoy me gusta el ping pong,  que ciertamente practico poco,  pero me viene una inevitable sonrisa al recordar aquella mesa.   Usted perdone.
   

8 comentarios:

  1. Y el ángelus, no olvidarse del ángelus a las doce. Supongo que alguna emisora todavía lo emite. Todas esas aventuras que cuentas yo también las viví unos años más tarde, en la siguiente década, pero he visto todos esos artilugios que cuentas, la radio con el dial de paises, la oje a la que mi padre tampoco me dejó apuntar. Sigo manteniendo el toque al ping-pong y al futbolín, he perdido mucho con la máquina del pinball.

    Saludos Andrés.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aquella OJE de uniforme llamativo y pantalón corto. Veo que en tu casa también se pensaba en la vuelta de tortilla, que por cierto tardó más de cuarenta años en llegar. Saludos Jaal.

      Eliminar
  2. Me he reído al leerte,porque he recordado los rosarios de casa de mi abuela , en que de vez en cuando se interrumpía para decir ¿ponemos mañana lentejas? o que no se nos olvide comprar....
    ¡Qué cosas!

    ResponderEliminar
  3. Como vayas contando estas cosas, y se enteren los de ahora, todavía va a ir a la cárcel. Cagadas, ping pong y escuchando emisoras clandestinas. Ya te digo, te veo en la trena. Pero eso sí, llévate el ordenador para que sigamos en contacto.

    Un abrazo Andrés.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tienes razón. Igual estos impresentables refundan todo aquello, ganas no les faltan. Ya no me veo subido en la mesa de ping pong, Rafa.

      Eliminar
  4. Yo si estuve afiliado a la OJE, tenìa una asignatura en bachillerato que se llamaba Formacion del Espiritu Nacional y el que no se afiliaba le era muy difìcil aprobar aquel libro gordo que nunca entendì, por supuesto que siempre sacaba sobresaliente poniendo al final del examen el nùmero de afiliado. Pero mis padres nunca me compraron el uniforme, después entendí el porquè.

    un abrazo

    fus

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La de Formación de Espíritu Nacional era la asignatura ideal para comer el bocata. Aquello no tenía sentido alguno. Lo de la OJE era muy atractivo para los niños de la época que estaban lejos de entender la manipulación pretendida. Si seguimos así, se refundará y hasta es posible que tengan nuevas mesas de ping pong. La historia siempre se repite. Un abrazo fus.

      Eliminar