lunes, 24 de marzo de 2014

D. E.P.


     Definitivamente,  España es un país para muertos.   Basta comprobar cuanto se quería a quien se vilipendió en vida con holgura.  Desde uniformados con chapitas oliendo a garrafón hasta lo peor de una derecha de la que también salió quien soñó con una nación más justa.  La propia izquierda que años después dificultó la jubilación de los trabajadores a los que decía representar,  llenó de improperios su memoria.
     Pero cuando uno muere,  ¡milagro!,  todo se torna en dulce y muchos de los que formaron colas para velar al dictador lo hacen hoy con el reciente extinto.  Aquél murió matando,  ya sea con el infamante garrote vil,  los fusilamientos o las caídas por las ventanas de la dirección general de seguridad.  A éste lo mató en vida la ambición de sus aliados y el alzheimer dulcificó sus recuerdos.
     Este tuvo que contemplar como otra vez los cuarteleros mancharon memoria y uniformes,  dejando para el recuerdo la cobardía de un impresentable que ni siquiera fué capaz de derribar por la espalda a un anciano general.
     Pero al igual que es cierto que solo las revoluciones aciertan a hacer justicia,  ésta no parece estar diseñada para vivos.  Por eso en España las cunetas aún ocultan crímenes.  Y fosas comunes.  Y la memoria de muchos.
     Y la hipocresía dicta discursos.
   

4 comentarios:

  1. Dentro de las dificultades de aquella época y de lo que se podía hacer o le dejaron, yo creo que Suárez lo tuvo muy complicado, y él hombre bastante hizo. Después de una dictadura de cuarenta años, cuando el dictador la casca, todavía seguía teniendo muchos seguidores, y ya no digamos militares de la vieja escuela, que nos podían haber vuelto a amargar la existencia. Fueron momentos de mucha incertidumbre, y podía haber pasado mucho, y nada bueno. Lo que es repugnante, es que aquellos que lo hundieron, ahora manifiesten duelo por él.

    Un abrazo Andrés.

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